Porteador nepalí

NEPAL: el país de los Himalayas

(En esta entrada relatamos la parte del viaje que transcurrió en Nepal. Si quieres ver los detalles de Tibet, pulsa en este enlace y si quieres leer la parte relativa a nuestra escala en Doha (Qatar) pulsa aquí.)

Nepal es un paraíso natural a la sombra de los Himalayas.

El país es conocido como lugar para practicar lo que en inglés llaman “trekking”, es decir paseos y rutas de travesía y escalada en las montañas pero además es mucho más que eso, conservando un patrimonio artístico y una riqueza cultural realmente sorprendente.

 El primer contacto con el país es su capital, Katmandú, una ciudad grande y caótica, a primera vista desordenada y llena de un tráfico infernal y ruidoso. Pero tras esa primera impresión se esconden lugares impresionantes.

El centro acoge el Durbar o Palacio Real, una serie de edificios oficiales, templos y plazas que recogen una parte importante del legado del reino de los Newa, los antiguos pobladores del país que se caracterizan por los edificios construidos en ladrillo, adornados con maderas ricamente talladas en forma de ventanas, puertas, balcones, miradores y celosías. Los tejados con varios pisos en forma de pagodas dan un sabor único a estos edificios, constituyendo un escenario casi teatral que acompaña la vida cotidiana de los nepalíes, sus ritos, celebraciones, mercados y otras ceremonias.

Durbar Katmandú
Durbar Katmandú

Por casualidad llegamos a la ciudad el día 8 de septiembre de 2014 que es un día especial: el día en que la Kumari sale a visitar a sus fieles. La Kumari es una tradición medieval conservada en varias ciudades del país y que tiene en Katmandú su máximo esplendor: cuenta la leyenda que uno de los reyes legendarios del país solía reunirse con la diosa Durga para consultarle acerca de los asuntos del gobierno. Esa reunión generaba celos en la reina quien le prohibió volver a verse con la diosa. La diosa se comprometió a seguirse apareciendo al rey para aconsejarle en forma de una niña para que no provocase celos a la soberana. A partir de ahí, los nepalíes eligen a una niña de 4 años a la que convierten en diosa viviente. Se traslada a vivir a un palacio en el Durbar donde vivirá y será venerada por su pueblo hasta que se convierta en mujer y tenga la primera menstruación. En ese momento deja de ser la Kumari y una nueva niña será elegida y pasará a ser la nueva diosa niña viviente a través de un largo proceso en el que tiene que cumplir 32 requisitos que van desde su carta astral hasta el color de sus ojos y finalmente superar sin asustarse una ceremonia en que, disfrazados de demonios con máscaras medievales, sus súbditos le ofrecerán ciertos objetos que pertenecieron a la anterior Kumari. Aquella niña de entre las candidatas que supere todas esas pruebas se convertirá en la nueva diosa viviente.

http://www.huffingtonpost.com/2014/04/25/kumari-nepal-living-goddess_n_5107543.html
Kumari

Sólo puede abandonar el palacio un día al año, que coincidió con el día en que nosotros llegamos a la ciudad. La diosa niña es sacada a hombros y pasea en tres palanquines o carrozas para saludar a sus fieles que se agolpan en cada rincón del centro de la ciudad en una ceremonia espectacular a la que acude el gobierno, todo el cuerpo diplomático acreditado en sus coches oficiales con sus banderas y miles de nepalíes que viajan del país para ver a su diosa  y que ocupan la gradas de los templos, las calles y rincones engalanados para la ocasión.

Fiesta de la Kumari
Desfile en la fiesta de la Kumari

En Katmandú, además de esta zona del centro, hay templos en cada rincón de las callejuelas estrechas y caóticas donde las ofrendas en forma de alimentos y flores se mantienen siempre frescas para los dioses. Los nepalíes son  budistas e hinduistas en su mayoría y ambos cultos se mezclan aquí compartiendo templos y plegarias en una curiosa combinación llena de colores, olores e imágenes.

Los rincones del barrio de Thamel, el barrio para los turistas, están abarrotados de tiendas de artesanías, tallas de madera, metales, telas, alfombras y también artículos deportivos para la escalada, restaurantes, cafeterías, hoteles.

Nosotros nos alojamos en una zona más alejada del centro, la zona conocida como Boudanath, el barrio alrededor de la maravillosa Stupa de Bouda, un templo budista tibetano donde se han ido instalando los miles de refugiados tibetanos que habían tenido que huir tras la invasión china.

La zona de Boudanath es un auténtico remanso de paz de calles peatonales, templos y jardines donde  uno olvida  el ajetreo del tráfico de Katmandú y puede acompañar a los budistas que rodean la Stupa en el sentido de la agujas del reloj, haciendo girar los rodillos con plegarias para que éstas se eleven al cielo y dispersen los buenos deseos por el mundo. Ésta tradición, junto a la de las banderas de oración constituyen uno de los elementos externos más agradables y bonitos del budismo, puesto que los fieles “comparten” sus buenos deseos y peticiones con los demás. Los ojos de Buda observan desde arriba vigilando los cuatro puntos cardinales y convirtiéndose en una compañía omnipresente y tranquilizadora que es visible desde cualquier parte del barrio. En esta zona los restaurantes y tiendas de recuerdos invitan a disfrutar y compartir la experiencia bajo la atenta mirada de la divinidad.

Ojos de Buda
Boudanath, Katmandu

también impactan los fieles que recorren el camino postrándose sucesivamente en un dificilísimo ejercicio en el que primero se arrodillan y luego se tumban postrados completamente para a continuación volver a incorporarse y así continuamente docenas de veces en un alarde de fortaleza física en que sólo la práctica continuada impide que sus espaldas se quiebren. Cualquier persona de cualquier edad y condición física es capaz de hacer lo que en occidente sería una hazaña de gimnasio. La dureza de su vida y su trabajo físico les permite tener una gran flexibilidad.

Alrededor, en la callecillas estrechas uno puede encontrar distintos monasterios y templos en los que ver a los niños aspirantes a lamas con sus túnicas de color azafrán y mostaza y sus pequeñas cabezas rapadas. Ver cómo salen de sus clases se convierte en un espectáculo pues no dejan de ser niños que marchan en fila detrás de sus profesores con una mezcla de marcialidad y espontaneidad, persiguiéndose y jugando como cualquier niño que acaba sus clases. Destaca la alegría que desprenden y su curiosidad hacia esos extraños extranjeros que les observamos con tanto interés como ellos a nosotros mientras nos saludan o bromean sobre nuestro aspecto.

Niños estudiantes budistas
Boudanatah, Katmandú

La riqueza de sus templos, con pinturas murales y figuras de buda y sus dioses, así como los incensarios donde siempre están quemándose barras de incienso, las ofrendas de los fieles para purificar el aire (de nuevo tradiciones compartidas, nos recuerdan a nuestro botafumeiro).

También es impactante en las afueras de la ciudad la zona de las cremaciones de los cadáveres de los difuntos en los Ghats de Pashupatinah donde al aire libre se despedirá al fallecido mientras la vida continúa. Ese aspecto de la muerte que ellos viven de una forma natural, como la etapa última de la vida pero exenta del desgarro que provoca en occidente es una más de las lecciones que el lejano oriente nos proporciona.

En las cercanías de la capital, convertidas ya casi en barrios de la misma, nos encontramos con otras dos ciudades Patrimonio de la Humanidad,  las impresionantes Bhaktapur y Patan.

Tanto ellas como la propia Katmandú fueron antiguamente pequeños reinos independientes y sus reyes rivalizaron en construir ciudades y monumentos que perpetuasen su poder.

Bhaktapur es una impresionante ciudad medieval llena de calles, palacios, templos y mercados.

Bakhtapur

De nuevo la arquitectura Newa unifica el estilo arquitectónico del Durbar o palacio real. Las estatuas de piedra de animales adornan las gradas de los templos y la madera maravillosamente tallada en ventanas y celosías en balcones y los dinteles de las puertas reproducen animales y diversos tipos de ofrendas.

Lugares como la Puerta Dorada, entrada al palacio, llevan a un laberinto de patios y corredores donde poder admirar nuevos templos o incluso fuentes y estanques, como el que reproduce la fuente de la Neruda, la mítica serpiente protectora con su cabeza de bronce al borde del agua. Cruzar las puertas de estos edificios es adentrarse en un mundo de leyendas que nos transportan a otra época, a otros mundos.

La ciudad está viva y hoy es un museo al aire libre donde hoteles, mercados y tiendas de recuerdos se mezclan con templos y pequeños talleres artesanales, de cerámica, de tallas de madera, marionetas, etc. En una de las plazas de la ciudad podemos encontrar el impresionante  relieve del Pavo Real, una de las más famosas ventanas talladas de todo Nepal que se reproduce en fotos y tallas a lo largo de todo el país.

En Patan, la magistral plaza del Durbar, de nuevo un museo de la arquitectura  Newa, con su palacio, sus templos, sus tejados en forma de pagoda o sus columnas conmemorativas de los reyes nos cuentan la historia del país. El espectáculo de las gentes yendo y viniendo hace que se pasen las horas sin darse uno cuenta. En los alrededores de la plaza se suceden los patios privados de vecinos que albergan stupas o templos. Todas las callejuelas albergan en sus bajos talleres y tiendas, en éste caso de estatuas religiosas: budas, bodishatbas, o figuras de la diosa Shiva, o del dios elefante Ganesh, que parecen vigilar la vida desde sus escaparates como si fuesen otros vecinos menos terrenales y más preocupados por los grandes asuntos de la humanidad.

Tras estas visitas del centro del país, viajamos al noroeste en coche, dónde el paisaje se transforma cruzando poblaciones, valles, ríos caudalosos y montañas siempre verdes y cubiertas de bosques,  que serpentean a lo largo y ancho del país.

Deslizamiento de tierras en Nepal
Deslizamiento de tierras en Nepal

Antes de llegar tuvimos que hacer uno de los famosos trekking porque las lluvias del mes anterior, habían causado 95 fallecimientos, más de 200 personas desaparecidas y habían destruido unos cinco kilómetros de carretera y no había forma de pasar, salvo caminando. Había que recorrer el camino que había dejado el derrumbe de la montaña: cruzar el río desplazado, subir colinas y bajar hasta la siguiente ciudad. Fue una experiencia muy divertida, nosotros íbamos preparados para cruzarlo pero el problema eran los equipajes: ¿cómo íbamos a trepar como cabras con las maletas a cuestas? La solución fue muy peculiar: nuestro guía había contratado unos porteadores que llevarían nuestro equipaje a cuestas mientras nosotros caminábamos. La imagen era curiosa: En el punto donde desaparecía la carretera coincidíamos muchos extranjeros perfectamente equipados para la montaña, pero los porteadores, acostumbrados a calzar siempre sus “chanclas” nos recomendaban quitar nuestras preciosas botas y ponernos unas chanclas como ellos pues les daba pena que se manchasen de barro. El camino fue impresionante con unas filas interminables de personas en una peculiar romería: los extranjeros tratábamos de continuar nuestro viaje mientras los locales nepalíes porteaban sus grandes sacos y fardos con las mercancías que, provenientes de China, debían llegar a la India y al resto de Nepal pero que el corte de la carretera no permitía continuar. Un río de gentes cruzando los ríos desbordados por la naturaleza mientras los nepalíes trataban de reconstruir el camino cortado.

Porteador nepalí
Porteador nepalí

Tras ésta aventura, nuestro destino era la legendaria ciudad de Gorkha. Esa ciudad, anclada en las alturas, fue el origen de Nepal. En el siglo XVIII era sólo uno más de los pequeños reinos en que estaba dividido el país pero el rey de Gorkha emprendió desde las montañas la conquista y unificación de todo el país, conquistando los valles y ciudades en una gran hazaña, que aún hoy, vistas las dificultades del terreno, nos asombra.

 Tras muchas horas de trayecto se hizo de noche mientras nuestro conductor seguía ascendiendo por las montañas casi a oscuras y mientras íbamos cruzando pequeños pueblos y aldeas. Finalmente llegamos a Gorkha, que hoy es un pequeño pueblo encaramado en la cumbre de las montañas. El pueblo, tan lleno de vida como todo el país se despierta temprano y comienzan los desfiles de agricultores, artesanos, niños que van a su escuela perfectamente uniformados, vendedores, etc. Aún hay que seguir subiendo hasta la cima de la montaña más alta. Allí el coche ya no puede pasar y entonces comienza la ascensión al Durbar, otra joya arquitectónica escondida entre las nubes. Más de 1.500 escalones de piedra nos llevan a la ciudadela donde se encuentran el palacio y varios templos hinduistas. También se encuentra allí la cueva donde vivió en soledad y meditación uno de los santones hindúes.

Durbar de Gorkha
Durbar de Gorkha

 De nuevo el ladrillo,  la madera y los tejados conforman una espectacular fortaleza rodeada de murallas y de la selva perdida entre las nubes. Cuando se despejan las nubes se divisa la totalidad del valle, allí abajo, resaltando la sensación de poder que sintieron los reyes de Gorkha.

 Los británicos nunca consiguieron conquistar estas tierras por la dureza del terreno y la fiereza de sus gentes. Por ello decidieron dejar que Nepal continuase siendo un país independiente que sirviese de tapón a la expansión de la India. En agradecimiento, los nepalíes enviaron un destacamento con los soldados más fieros, luchadores y fieles, que recibieron el nombre de “Gurkas”, y que se hicieron famosos en las guerras coloniales contra los cipayos y hasta en las guerras mundiales luchando en apoyo a los ejércitos británicos.

Finalmente dejamos Gorkha para viajar a la última de las maravillas nepalíes que tuvimos la suerte de visitar, la ciudad de Bandipur.

De nuevo una ciudad a más de mil metros de altura (1.030) rodeada de profundos valles.

Esta preciosa y pequeña ciudad, hoy llena de hoteles, casas de huéspedes y restaurantes para turistas, ha guardado el encanto de la vida entre las montañas.

Nuestro hotel estaba situado junto a la explanada de las higueras, un inmenso balcón sobre el valle con la gran cordillera del Himalaya y las grandes cumbres nevadas. A esta explanada, presidida por cinco inmensos árboles milenarios, viajan en otoño miles de nepalíes y turistas para contemplar al amanecer las inmensas montañas blancas. Están tan altas que suelen cubrirse de nubes que las tapan y por ello el único momento para verlas es el amanecer. Por la ubicación de nuestro hotel tuvimos la inmensa suerte de poder ver amanecer desde el balcón de nuestra habitación en uno de los espectáculos más fascinantes que la naturaleza puede ofrecer: la inmensidad blanca como telón de fondo de los verdes valles y el cielo increíblemente azul poniendo marco a esa maravilla. Realmente la joya de la corona de nuestro viaje a Nepal.

Amanece en el Himalaya
Vista desde la cara sur en Bandipur

 Al día siguiente regresamos a Katmandú con la sensación de que aún nos quedaba mucho por descubrir en este inmenso y desconocido país: Pokhara  y su lago, el Annapurna, el parque de Chitwan  y sus animales salvajes.

Aún tuvimos tiempo para comprar algunos recuerdos para la familia: pashminas, abrigos de lana de yak y una espectacular alfombra nepalí hecha a mano que hoy cubre nuestro salón en recuerdo de aquél lejano y fascinante país al que esperamos poder regresar algún día.

Si necesitas ayuda para configurar tu escapada a Nepal, nosotros contamos con la experiencia y profesionalidad del personal de la agencia Truante Travel & Tours

Esperamos que te resulte de utilidad nuestro testimonio y encantados Santiago López Rodríguez y yo de recibir tus comentarios, sugerencias y opiniones.

Si quieres ver un pequeño álbum con una selección de fotos de Nepal, puedes visualizarlo en este tablero de Pinterest

Si quieres leer algún otro post sobre Nepal, tras el dramático terremoto del 25 de abril de 2015, puedes seguir los enlaces de Nos comprometemos con Nepal y con Haití y La vida en Nepal antes del Terremoto

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9 comentarios en “NEPAL: el país de los Himalayas

  1. Se huele que habéis disfrutado la experiencia, son historias y recuerdos que ya quedan para siempre…como los colores que pinchan ahora la pantalla. Nos faltan los olores, para ello tendremos que seguir vuestros pasos….gracias por el relato!

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